sep 16 2007
El oasis
Hay un lugar en la ciudad, un barrio, un manojo de calles, en el cual nos ubicamos libres. Hay un rincón, hecho de callejones y travesías, de bodegas, quioscos, pequeños enseres, hosteleros felices y jóvenes alegres o meditabundos, en el que nunca perdemos pie, porque nos pertenece. Ese lugar, donde viví la infancia, por el que deambulo con tanta frecuencia como me lo permite el ritual de los días, mi segunda naturaleza, se halla en ese territorio algo indefinido que se extiende desde el la búsqueda del tesoros musicale en Callao hasta los cafés de Malasaña, de los corrillos en la plaza de Chueca a las librerías de San Bernardo, de las zapaterías de Augusto Figueroa a las tabernas de la calle Pez.
Cierto es que uno debe continuar su camino. Buscar otros nichos de espera y comprensión. Creer en la existencia de niños y princesas. Pero a veces, tras alguna excursión fallida, no está nada mal regresar al origen de una sonrisa fiel. Aunque a menudo tardes en reconocerlo, porque ya no existe aquella vieja mercería, porque la mujer de los libros de lance despareció hace unos meses, porque los dueños de aquel bar se jubilaron o no viven tantos amigos en la zona, ni siquiera los que habitaban esa acogedora buhardilla de la calle Minas.
Pero esto es lo que tiene el barrio. Todo se mueve de manera muy rápida y unos comercios resultan sustuidos por otros, muchos muchachos y chicas desaparecen en la bruma del pasado, junto con su juventud, y ahora vienen nuevos inquilinos, una forma de vida se transforma en otra, similar pero menos tímida, y aquella capa de pintura verde pasa a convertirse en otra de color salmón.
Afortunadamente para los viejos vagabundos como yo, que tantos kilómetros de esta terrible ciudad han recorrido, todo sigue igual en lo que dulcemente subsiste a través de los días, allí donde el vermú, las manzanas, el chocolate con churros, el zapatero y la camarera que hace de actriz en sus horas libres, ayudan a a saber que no está uno ni tan solo ni tan desamparado en este extraño mundo.